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Un acordeón en mano y la Terminal como escenario.

Él nació en 1958 en las cálidas tierras de Montería, la capital cordobesa, localizada entre sabanas y atravesada por el majestuoso río Sinú. Esta tierra ha sabido hacer suyo el ritmo del Caribe, en medio de guitarras, tambores y acordeones, se ha ido cultivando la música del vallenato. Allí nació un sueño que 67 años después sigue intacto.

Viene de una familia con sangre artística, por eso, en su futuro no había planes de ser taxista, médico, futbolista o ingeniero. Al contrario, él quería ser músico, quería tocar, quería emocionar, como lo hacía su principal referente: Vicente Martínez, un virtuoso del acordeón que, además, es su tío. Freddy lo observaba con asombro mientras tocaba ese instrumento mágico.

Yo nací con la música”, suele decir con firmeza. “En mi familia todos somos músicos. Miraba a mi tío y pensaba: ‘tengo que ser acordeonero, algún día tengo que tocar como él’.” Y aunque en ese momento no tenía un acordeón propio, ya su corazón sonaba como uno.

En busca de nuevas oportunidades, Freddy emprendió un largo viaje. Recorrió aproximadamente 456 kilómetros durante ocho horas hasta llegar a Medellín. Dejó atrás su tierra natal, pero llevaba consigo un espíritu trabajador, una voz potente y un sueño claro: vivir de lo que ama.

Quizá hoy no esté en grandes escenarios, ni suena en emisoras locales o nacionales, pero en la Terminal del Norte de Medellín, ya es una leyenda. Allí, entre carreras, el ir y venir del tiempo, su voz y su acordeón han encontrado un escenario cotidiano, pero auténtico. Porque su música no solo se escucha: se queda.

Conocido entre sus compañeros del gremio como El Coste, se ha ganado el cariño y también algunas críticas por atreverse a vivir su vocación, así como lo reconocen, lo halagan, les gusta, hay unos cuantos que difieren con su música, o como él mismo lo resume “despierta envidia”. Aunque eso no lo detiene.

Pero, ¿cómo terminó siendo taxista este amante del vallenato? 

En su vehículo encontró una manera de vivir como siempre soñó, porque no solo transporta personas, también transporta emociones. Porque manejar taxi no es un castigo ni una renuncia a su sueño, es otra forma de ejercerlo. 

Durante años, Freddy compartió escenario con un grupo de amigos que, como él, llevaban la música en la sangre. Juntos animaban eventos, celebraciones y reuniones donde su energía contagiosa y su voz potente hacían de cada encuentro algo inolvidable, pero la pandemia llegó y, con ella, se desintegró ese grupo que tanto disfrutaban. Cinco años después, este grupo musical vuelve a escena y transforman espacios para cantarle al despecho, a la soledad, al amor y a la vida.

Él no canta por cantar, lo hace porque lo siente, porque la música como él mismo dice “lo ha salvado”, “la música, es mi día a día… Para mí significa todo”. No solo le ha dado alegrías, también amistades, respeto y reconocimiento. 

No solo interpreta canciones de otros artistas, la vida le ha dado el don de escribir, hoy tiene una canción que aún no ha lanzado oficialmente, titulada: La Interesada. No está dedicada a nadie en particular, “es para quien la disfrute y la viva”, dice con la sonrisa que lo acompaña en cada relato. Es una canción que habla de los amores por conveniencia, de esas relaciones que parecen sinceras, pero esconden intereses ocultos. 

Él como todo artista, tiene ídolos. Referentes que no solo lo inspiran, sino que también lo acompañan en cada nota, en cada verso, en cada sueño, “yo quiero llegar a ser como fue Juancho Rois, porque me encanta cómo tocaba el acordeón… yo soy muy fanático de él”, confiesa con admiración.

Tiene anécdotas que llenan sus ojos de ilusión pues, el reconocimiento que ha adquirido con el tiempo en las instalaciones de Terminales Medellín, algunos pasajeros le han dado algo por contar, como una serenata improvisada, donde le piden cantar y con el entusiasmo que lo caracteriza procede a hacerlo con versos como “La Juntera” de Diomedes Díaz: Ay, perdóneme, señorita, si en algo llego a ofenderla, pero es que usted es tan bonita…”, lo hace con esa mezcla de respeto y pasión que lo caracteriza.

Otros pasajeros prefieren que apague el radio, “dicen que les gusta más mi voz que escuchar la radio”, menciona riendo con orgullo, o como aquella pareja que lo vio desde lejos y decidió no tomar otro taxi: “¡Te vamos a esperar! Pero eso sí, cuando salgamos, me cantas un vallenato”. Y él con emoción, cumple a su principal fanaticada.

Una melodía que queda

Si algo ha aprendido Freddy, es que todos llevamos un sueño pendiente. Él aún quiere ser reconocido, que su música llegue lejos, que lo escuchen en redes, en conciertos, en todas partes. Pero mientras tanto, seguirá cantando en la terminal, en su taxi, o donde lo dejen tocar.

Freddy, transforma sus jornadas en melodías y su rutina en arte, esta historia es un recordatorio de que no hay escenario pequeño cuando el talento es grande. Que el volante, el micrófono o el acordeón pueden ir de la mano cuando hay pasión. Y que cada conductor, cada trabajador, cada soñador que vive su vocación, también lleva dentro una canción que merece ser escuchada.

Por: Lorena Monsalve Valencia, practicante de Comunicaciones Terminales Medellín.

Fotos: Santiago González Quintana.

Video: Santiago González Quintana.

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