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Ecoterminales Terminales Medellin

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“Siempre hay un regalo al llegar de cada viaje”

“Siempre hay un regalo al llegar de cada viaje”

Desde hace más de cuarenta y ocho años, Terminales Medellín ha sido un punto de encuentros y despedidas, como un escenario perfecto donde los caminos se cruzan y las emociones se renuevan. Allí han nacido amistades, amores, se han tejido los lazos de las familias y se ha mantenido vivo el espíritu del viajero, ese que mezcla la fe, la esperanza y el amor por la tierra. Cada historia que parte desde las Terminales guarda algo en común: el deseo profundo de descubrir, sanar y seguir en movimiento.

 

Maria Camila Salazar, Comunicadora Social de profesión y promotora de ayuda comunitaria por vocación, nacida en 1991 en la ciudad de Medellín, lleva en la sangre el transporte, y a Terminales Medellín en su corazón, pues este lugar para ella tiene un significado importante, la historia se remonta al 25 de julio de 1964 hace exactamente 61 años, cuando su abuelo paterno, Samuel Antonio Salazar Herrera fundó en compañía de dos colegas la Cooperativa Antioqueña de Transportadores Ltda (Copatra) en la ciudad de Medellín, desde allí su amor por el transporte, de pequeña creció rodeada de buses, entendió que viajar no era solo desplazarse, sino “una forma de mirar la vida con ojos nuevos” y adiciona que el viaje es “renovar pensamientos y poner contenta el alma cuando necesita una escapada” en cada trayecto encuentra algo que la conecta con lo esencial: las montañas que se abren paso entre las nubes, el sonido de las ruedas sobre el asfalto, la conversación espontánea con un pasajero. Todo eso, “es parte de lo que me recuerda que estoy viva.” dice, como si cada viaje fuera una nueva forma de empezar.

Terminales Medellín como un punto de partida y llegada.

Si hay un lugar que representa el inicio de sus aventuras, esas son las Terminales. Desde allí se conectan 176 destinos, y Camila en más de una ocasión, ha partido hacia diversas regiones del país: el Caribe, el Chocó, el Oriente antioqueño, Guatapé, Santa Marta, el Huila, el Llano, Bogotá, Popayán entre otros. Hoy, ella es parte de los más de 21 millones de viajeros que se movilizan cada año por Terminales Medellín. Aunque cada viaje tenga un motivo distinto, todos comparten algo en común: el deseo de encontrarse con la vida tal cual es, sin filtros. “Viajar desde la Terminal es viajar con paz mental. Uno sabe que todo está en regla, que el camino es seguro, y eso también te da más tiempo para disfrutar”, dice mientras recuerda por qué confía en el viaje terrestre: lo asocia con libertad y seguridad. Para ella, este lugar es sinónimo de confianza: sabe que viaja con empresas legales, acompañada y con la tranquilidad de que regresará bien.

 

Ese valor por el viaje seguro no es casualidad, desde la inauguración de la Terminal del Norte, el 16 de febrero de 1984 llamada así en honor al expresidente Mariano Ospina Pérez y con la apertura de la Terminal del Sur el 16 de abril de 1993, bautizada en memoria del dirigente antioqueño Alberto Díaz Muñoz, quedó sembrado un legado que sigue vigente hasta hoy: la convicción de que viajar debe ser legal, seguro y digno.

Camila no sólo viaja para conocer lugares; también viaja para conectarse consigo misma. En ese ir y venir ha acumulado historias que la impulsan, pero también experiencias que le han dejado lecciones. Una de ellas ocurrió en uno de esos viajes que suele hacer por impulso, rumbo a Santa Marta, ese día no encontró pasajes en el horario que deseaba y llevada por la prisa, tomó una decisión que hoy recuerda con cierta incomodidad: aceptar una oferta por fuera de la Terminal, una de esas que prometen salir más rápido y por menos dinero. Lo que no imaginaba era que había caído en el juego del playeo, esa práctica ilegal en la que se ofrecen rutas sin ninguna garantía real. Y el camino se lo confirmó: un viaje que debía durar 17 horas terminó extendiéndose casi a 24 horas. Hubo paradas inesperadas, trasbordos improvisados, largas esperas y una incertidumbre que no la dejó tranquila. No conocía la ruta ni quién respondía por ella si algo llegaba a pasar en el fondo, sabía que viajaba sin respaldo, ese trayecto, más que cansancio, le dejó claridad: cuando se viaja por fuera de lo legal no solo se arriesgan tiempo y comodidad; también se pierde la seguridad que ofrecen las Terminales: rutas verificadas, acompañamiento, registro del viaje y un seguro que protege al pasajero de inicio a fin.

En días de constantes preguntas, de búsqueda de sentido, aventura y nuevas experiencias, Camila recuerda que uno de sus viajes más significativos ocurrió sin planearlo. Era fin de año, exactamente el 31 de diciembre de 2020, en pleno apogeo de la pandemia, un momento en el que necesitaba cerrar un ciclo personal. Sin pensarlo demasiado, empacó su morral y decidió viajar sola. Llegó a la Terminal del Norte sin destino fijo, buscando que allí mismo surgiera la respuesta: ¿a dónde ir? quería un trayecto corto, pero que le permitiera respirar, sentirse libre y guardar un recuerdo que hoy, en 2025, todavía vive en ella. Así llegó a Guatapé, donde se conectó con la naturaleza, con el silencio y consigo misma. “Me fui sin mucho dinero, sin reserva, sin compañía. Solo con la intención de respirar, de soltar. Allá entendí que viajar sola es una forma de confiar en uno mismo. Aprendí a escucharme, a disfrutar de mi propia compañía”, cuenta con un brillo en los ojos que revive aquella experiencia, en Guatapé descubrió la importancia de los pequeños gestos: ver el amanecer junto al embalse, conversar con desconocidos, caminar sin rumbo y descubrir que, a veces, los viajes más cortos son también los más profundos.

 

Camila también viaja con propósito. Hace parte de la comunidad católica Pálpitos y en 2022 participó en una jornada al Chocó para llevar donaciones y acompañar a comunidades vulnerables. Aquella experiencia la conmovió profundamente y le enseñó que, muchas veces, quienes creen que van a ayudar terminan siendo los más transformados. Volvió con humildad, empatía y una gratitud distinta.Foto. Fundación Pálpitos previa salida Terminal del Norte al Chocó.

Para este 2025 y 2026 su comunidad tiene programada una nueva misión que han llamado “Misión de Amor”, con el objetivo de acompañar a 2.000 niños en condición de vulnerabilidad los recibirán en dos destinos: en el Chocó, del 17 al 28 de diciembre, y en el Amazonas, del 10 al 15 de enero. Será una navidad diferente, llena de alegría y encuentros inolvidables. Y, como siempre, el recorrido lo harán por carretera, viajando con las flotas que salen desde Terminales Medellín.

Para Camila, cada trayecto es una lección: paciencia, resiliencia y amor por lo simple. A veces sale sin rumbo fijo y permite que el paisaje la oriente. “Viajar es como orar. Uno se encuentra con Dios en el camino, en la gente, en el silencio.” En sus redes comparte fotos, reflexiones y mensajes de fe; muchos amigos se animaron a viajar tras escuchar sus relatos. Ella busca inspirar a otros a perder el miedo: Colombia está llena de lugares maravillosos a pocas horas desde la Terminal.

En sus propias palabras, “los viajes no terminan al llegar al destino sino cuando algo cambia dentro de uno” Camila siempre regresa distinta: más tranquila, consciente y agradecida. Su historia, que empieza en la Terminal, es la de una viajera que une fe, servicio y amor por la tierra. Esta crónica forma parte de un propósito institucional de Terminales Medellín: dar voz a quienes, desde ese punto de encuentro, viven experiencias que dejan huella.

 

Por: Lorena Monsalve Valencia.

Fotos: Santiago González Quintana.
Video: Santiago González Quintana.

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